El modelo económico actual se activa con rapidez. El desarrollo tecnológico promueve un movimiento de mercado acelerado. Las personas se ven en la necesidad de comprar productos que cambiarán en un par de años por uno más nuevo. Un término del pasado está más vigente que nunca en este sistema de economía. La obsolescencia programada salta a la vista más que nunca en un mundo de consumo acelerado y masivo.

Obsolescencia programada: una práctica común

En la mayoría de los casos atribuimos la falla de un producto a sus materiales de baja calidad. Nos conformamos con pensar que el precio que pagamos es acorde con la calidad del producto. Los consumidores parecemos haber aceptado la idea de la obsolescencia programada como algo natural.

La calidad de los productos influye directamente en su durabilidad. Sin embargo, las compañías son culpables de generar una vida útil reducida, cuando ese mismo objeto podría durar mucho más.

La obsolescencia programada es entendida como el establecimiento deliberado del ciclo de vida de un bien. Es decir, las compañías programan el ciclo de vida de un producto. Esta planificación de obsolescencia tiene un trasfondo económico claro; generar más ingresos. Para lograrlo realizan productos que deben ser cambiados cada cierto tiempo; sin tomar en cuenta los estragos sociales o ambientales.

Aunque parece que es un término que calza a la perfección hoy en día; ha estado sobre la mesa por muchos años. En la actualidad es más visible, pero no nació en este siglo. El término se desarrolló en los años 20, cuando la economía mundial vivía un cambio abrumador. Era necesario definir el fenómeno que estaba ocurriendo después de la Primera Guerra mundial.

Productos de uso reducido: beneficio empresarial

Las invenciones tecnológicas dieron con bienes de calidad, duraderos y de difusión masiva. Pero durabilidad no era un concepto amigable para las empresas; producir artículos que sirvieran por mucho tiempo no generaba ingresos después de la primera compra.

Un caso muy conocido sobre la obsolescencia programada es el de la bombilla. En 1920 varias compañías que se dedicaban a producir bombillas decidieron disminuir el tiempo de vida de ellas. En un principio podían funcionar por 2.500 horas; después del acuerdo las horas de uso se redujeron a 1.000.

obsolescencia programada bombilla

La bombilla es el primer caso documentado sobre obsolescencia programada.

Las empresas que se negaran a cumplir con el trato se veían obligadas a cancelar una multa que se medía según las horas que sobrepasaran sobre las establecidas. El acuerdo se consolidó en 1924, y tuvo vigencia hasta 1939. Fue un convenio entre sociedades de un mismo sector. Determinaron una serie de factores para lograr una competencia en la que unos no interfirieran con otros. El llamado Cartel Phoebus, nombre del acuerdo, se considera como el primer caso de obsolescencia programada a gran escala.

Deseo de consumo veloz y desmedido

Crear productos con una fecha de muerte establecida se volvió la herramienta principal para alentar el consumo. Nuevos artículos que superaban a los viejos aparecían con mayor frecuencia en el mercado; creando la necesidad de cambiarlos aunque no fuera necesario. Un nuevo tipo de obsolescencia apareció: la psicológica.

Desde los años 50 la publicidad atrajo a las personas de forma irresistible a comprar sin medida; no por necesidad sino por deseo. El consumismo llegó a su clímax y la gente lo aceptó sin problema. Un nuevo aparato aparecía en el mercado cada dos por tres y su vida útil duraba menos cada vez.

Comprar tirar comprar. Un documental de Cosima Dannoritzer

El modelo económico del consumo constante calzó perfecto en aquellos maravillosos años. La innovación y el ingenio atraían a más compradores; que deseaban gastar su dinero en artículos nuevos.

El sistema de obsolescencia programada propone el consumo ilimitado; pero la realidad es que vivimos en un mundo con recursos limitados. La suma de estos dos factores da resultados poco provechosos para el planeta.

Crear productos con tiempo limitado resultó por muchos años; ahora se viven los estragos de una economía de consumo desmedido. Nuevas corrientes económicas aparecen para desplazar al viejo sistema que se resiste a abandonar el mercado.

Un sistema viejo que se puede volver obsoleto

Los consumidores, por conciencia social o por sentirse defraudados; han hecho reclamos sobre la vida útil de sus aparatos electrónicos. Algunas compañías venden productos que están hechos para dejar de funcionar, o funcionar de mala manera al poco tiempo; produciendo así montones de basura electrónica.

Gracias una acumulación de reclamos por parte de los usuarios, las autoridades se han tomado en serio la forma en que las sociedades producen objetos de calidad. Apple ha sido advertida por parte de Francia. El país europeo ha tomado las quejas muy en serio y ha iniciado una investigación.

Se acusa a la compañía de la manzana de reducir el rendimiento de sus teléfonos para que el consumidor se vea en la necesidad de buscar su reemplazo. La empresa se protege bajo la excusa de aplicar este procedimiento para prolongar y proteger su duración.

La fiscalía francesa impone altas multas para aquellas compañías que no aseguren una vida útil justa para sus productos. Si se descubre una obsolescencia programada como práctica, los responsables pueden pasar dos años en la cárcel o pagar el 5% de sus ingresos anuales.

La obsolescencia programada para algunos es un fraude, para otros un mal necesario. Hay organizaciones que se dedican a luchar contra este mal; como la asociación Alto a la obsolescencia programa. Además, existe un sello que verifica que los productos cumplan con criterios de durabilidad constante con los materiales que se usan en su fabricación.

El ISSOP, Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada, se le otorga a las empresas que se esfuerzan por ser amables con el ambiente, los recursos y proponen productos duraderos; que pueden ser actualizados o reparados.

Una nueva realidad se avecina

Una economía sin obsolescencia programada en exceso, es una ventaja para los consumidores y el medio ambiente. Así lo entendió el Parlamento Europeo, el 4 de julio del 2017, cuando aprobó la resolución sobre una vida útil más larga en los productos, por un bien mayor. Gracias a estas iniciativas los consumidores están protegidos de las compañías que quieren aplicar a toda costa la obsolescencia programada.

Por otro lado, las instituciones de producción se ven afectadas a gran escala. Sin demanda acelerada están en la obligación de reducir sus costos. No venden de la misma forma los bienes que producen, por lo tanto hay un recorte de gastos.

Si un artículo dura 100 años es un verdadero problema para el negocio. Así que se opta por fabricar a propósito objetos con fecha de muerte desde su nacimiento. Parece que la economía mundial no está preparada para un cambio en su sistema.

La economía mundial depende del consumo. Las personas se han acostumbrado a una vida corta para los productos que adquieren; no solo por su funcionamiento, también por su novedad. Después de un tiempo, un determinado bien no satisface al consumidor porque hay uno más nuevo que lo atrae.

Las tecnologías han avanzado a gran escala, es irreal pensar que las compañías no tiene la capacidad de inventar productos duraderos o reparables; simplemente no ven beneficios de ello.

El modelo de consumo se está agotando y los recursos también. En la actualidad los esfuerzos se concentran en sistemas más consientes; como la economía colaborativa o la circular. Estas últimas son propuesta que intentan cambiar los paradigmas económicos. Se plantean sistemas de uso y disfrute prolongado contrario al que rige actualmente; el cual se dedica a promover la compra y el desecho; un ciclo destructivo a largo plazo.